ADIÓS A UN PROTECTOR INCREÍBLE DE LOS DDHH: ENTREVISTA A CÉSAR CIGLIUTTI

6 de septiembre, 2020

Se llamaba César Cigliutti pero sus apariciones públicas y la historia de su militancia lo identidican con algo mucho más que un nombre propio, el nombre de una institucuíon, de una idea, de una gesta en la historia de los Derechos Humanos en la Argentina. Vivió y revivió en su trabajo militante. En esta entrevista inédita, donde empezaba a bosquejar un relato auobiográfico, cuenta detalles de su infancia, sus pasados y los primeros yires. Mientras tanto, y con mucho dolor, quién escribe estas líneas termina el libro que empezó a escribo con César Cigliutti en los bares, antes de que comenzara la pandemia, sobre su vida y militancia en la CHA (Comunidad Homosexual Argentina).

Nos conocíamos desde hace mil, pero recién este año nos estábamos conociendo más a raíz de  un proyecto de escritura que teníamos y que estábamos llevando adelante con reuniones maratónicas en bares de Buenos Aires que  muchas veces empezaban al mediodía y duraban hasta que se iba el sol.  La noticia de su muerte, me dejó con una angustia que me quitó las energías. La noticia desplegó esa misma angustia entre muchas personas que lo conocieron más o menos, César Cigliutti era además de una persona muy cálida, un símbolo andante.  Pero no estoy acá para hablar de mi dolor sino de la luz de César, de esa energía que tenía para luchar por lxs otrxs. 

En esta entrevista inédita, en algún momento, me contó que cuando estuvo mal, muy mal, cuando hace un par de años se había sentido hundido en un pozo entraño y doloroso, su psicólogo le había dicho que tenía que volver a involucrarse con sus proyectos:  “Y, creeme, Facu, que eso me salvó: la militancia me hizo renacer”, me dijo eligiendo la palabra militancia con exactitud por sobre la del activismo. Y amaba a la CHA por sobre todas las cosas, que es sinónimo de acompañamiento, lucha y solidaridad.

LA INFANCIA RUSA

“La muerte de Iván Llich”, del ruso León Tolstói, fue uno de los momentos más agradables que César Cigliutti recuerda haber tenido con la literatura. Lo leyó a los 18 años y lo que más le llamó la atención fue el protagonista, que hasta el final de su vida burguesa no se identificaba con nada de lo que había hecho, como si sus actos no hubiesen tenido consecuencias. En esa época, 1975, César vivía con sus padres: su mamá y su papá más los cuatro hermanxs (dos mujeres y dos varones, César es el tercero y le lleva 8 años de diferencia a su hermano más chico). Vivían en un departamento de Belgrano, en la calle Migueletes, entre Federico Lacroze y Olleros. Al poco tiempo, el 24 de marzo de 1976, se produjo el golpe militar. Su mamá era ama de casa y su papá militar. Pero el recuerdo que César tenía de su papá era de “una persona bonachona. No tenía esa formación típica del militar, era más relajadito”. 

Cuando César le contó a su papá que era gay se sorprendió por la reacción de éste, que con una formación militar y un cargo importante en actividad, respondió bien y mejor que su madre…  “Me dijo: ‘Yo te amo y te amo como sos’”. A César se le llenan los ojos de agua y su voz pausada y nasal se interrumpe; después de un rato seguimos hablando. Su voz es relajada, por momentos monocorde, pero siempre afable. Con ese tono, César narra hechos pasados, recuerda con alegría algunos sucesos, otros con un toque de ironía pero siempre da la sensación de que dice lo que quiere decir; que piensa antes de hablar. Y que lo que expone, muchas veces, es producto de reflexiones compartidas, con amigxs, compañerxs de lucha o con su psicoanalista, al que en estos momentos concurre tres veces por semana, después de la separación con su ex marido.

¿Viste que es común que muchos militares tengan una doble vida, que sean muy buenos con su familia pero en su actividad tremendamente violentos?

No, no. Papá se jubiló antes del proceso, casi coetáneamente al proceso. Recibió una carta del ERP que por ser como era le daban aviso para que se fuera del país; el ERP nunca había hecho eso. Andaba con una pistola de plástico por si lo agarraban, decía que no le iba a dar una de verdad a los guerrilleros. Pero no era… a ver ¿cómo te puedo decir? Nunca dijo ni pensaba que había que matar a los guerrilleros, y esas cosas…

¿Vive?

No.

¿Y llegó a verte así, desplegando tu ser, tu putez?

Sí. Fue a la unión civil. En esa época nunca habían aparecido nuestros padres, para apoyarnos o estar junto con sus hijos gays. Y por eso fue toda una noticia en los medios que estuvieran mi mamá y mi papá en el registro civil. Estaban todos los periodistas asombrados por eso. Los periodistas lo perseguían a papá para que hablara. Y él les decía: ‘Yo lo quiero mucho a Marcelo, viene a cenar con César una vez por semana…Hago ñoquis caseros…’. No nos veían como a una familia… Les parecía extraño esto tan simple…

Tu papá era militar y vos sos activista ¿o te definís como tu papá: militante, aunque vos seas de la vereda de enfrente?

Digo militancia. Me parece que hay que tener disciplina, una estructura, ámbitos de decisión consensuados, tener un objetivo, repartir tareas y responsabilidades como cualquier organización. Pedro Paradiso hace esto, Valeria Paván hace esto, Marcelo Suthern hace esto también… Nos comunicamos. Toda la cáscara de la militancia, de los uniformes y esto, más vale que no, pero marchamos, desfilamos, ¿entendés? Luchamos, peleamos y nos atrincheramos, y estamos al ataque. Pensamos estrategias y tenemos mapas de lo que pasa en el mundo, de lo que sucede en Argentina. Yo me identifico mucho más con la militancia que con el activismo.

¿Cuál sería la diferencia?

A ver… Me parece que el tema del activismo surgió más cuando había estructuras económicas, subsidios, compañías, ese tipo de cosas.

¿Tu papá estaba orgulloso de tu militancia por el orgullo gay?

Fue el primer padre que salió con su hijo en una foto de una revista –Viva de Clarín- acompañando a su hijo más allá de su orientación sexual. Mamá argumentó que no le gustaba salir en las fotos y no se expuso mediáticamente. “Esto es una cosa privada”, decía ella tapándose la cara y esquivando a una cantidad increíble de periodistas que habían llegado de todas partes del mundo para presencial el evento; incluso estaban de un canal de televisión de Holanda.

¿Siempre tuvieron esa buena relación?

No, no. Cuando yo era chico y adolescente no. Mi papá, por ejemplo, tenía un rebenque y nos pegaba con el rebenque cuando se enojaba. Había dos cosas que eran muy determinantes para mi familia: una que nos peleáramos entre nosotros, los hermanos, y la otra traer malas notas del colegio.

Carlos Jáuregui y César Cigliutti

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La mamá de César tenía un hermano, que era aviador y se llamaba César, por eso le puso a su hijo ese nombre, que durante la Revolución Libertadora cuando él estaba volando descubrió que le habían puesto algo en el avión para que no funcionara de manera correcta y el avión se cayó. La mamá de su mamá murió muy joven, de un paro cardíaco y su papá, es decir el abuelo de César, fue un caudillo radical de Concepción del Uruguay –donde nació César- con muchas ínfulas y un carácter complejo. Criado en un ambiente de aristocracia, con mucamas y un chofer que llevaba a su hija al colegio. “Por eso ella se creía la Princesa de Asturias”, dice César entre risas. 

 El papá viene de una familia de clase media, donde la abuela de César tenía una mejor condición económica que su abuelo. Tenía un campo y una quinta que la hacían trabajar por unos inmigrantes portugueses. Tenían ganado y un matadero – anterior a la ley que prohíbe tener mataderos personales- en la zona de Garín. “Lo que me acuerdo de ahí es que no tenían luz, sino un motor diésel y cuando se apagaba ese motor era aterrador, estar sin luz… Cuando mataban a las vacas, los tres, porque mi hermano menor todavía no había nacido, nos quedábamos como hipnotizados. El espectáculo era tremendo. Mi analista me preguntaba: ‘¿Y tus papás dónde estaban, que hacían ahí?’”.

¿Tu papá nunca trató de aleccionarte con respecto a la masculinidad? Digo, porque los militares tienen mucho de eso…

Mirá, mi mamá  fue la que me vistió de mujer y me puso arriba de la mesa de la cocina, y no es que yo se lo había pedido, para nada… Sabía que no podía jugar con las muñecas de mis hermanas, porque no me lo permitían. Las miraba, nada más. También me gustaba jugar con los autitos, los soldaditos y esas cosas. No siempre todo es tan claro. Pero obviamente lo prohibido y lo vedado es lo que una vive con más intensidad…

Foto: Sebastián Freire

EL YIRE  Y LA YUNTA

El bar donde estamos, Bonafide de Tucumán entre San Martín y Reconquista, está completamente vacío; es un martes a las 15.30 hs. y el silencio se hace oír. Faltan unos meses para que se declare la pandemia. Después de limpiarse las lágrimas con una servilleta de papel retoma la conversación. Le pregunto por el primer amor. Y me dice que cuando se enamoró por primera vez -fue de un varón- y su primera relación fue gay. En ese momento César dejó en suspenso las preguntas, al tener certeza de lo que sentía, y no tuvo duda que toda su vida iba a estar atravesada y centrada por ‘lo gay’. 

¿Otro momento de certeza fue cuando entrasta a la CHA?

Son esas cosas que te das cuenta que tu vida hace un salto. Conocer a Carlos Jáuregui fue otro salto muy importante: me abrió la cabeza. 

¿Te acordás de la primera vez que entraste a un boliche gay?

Se llamaba All bridge, quedaba en Las Heras y Pueyrredón, y al principio me sentí  desconcertado pero enseguida me di  cuenta de que era el lugar que estaba buscando. El schock fue ver dos tipos bailando, juntos; igual, el schock, me duró cinco minutos, después ya estaba ahí bailando.. Pero antes de esa experiencia, ya había tenido  unas “excursiones” junto a La Modarelli., mi primer amigo puto, digámoslo así Habíamos ido a un  lugar que sacamos de la revista Humor, donde te tiraban una pauta, algo en clave, calles y lugares de San Telmo. Era sobre la calle Defensa y era un sótano. 

¿Cómo te conociste con Alejandro Modarelli?

Lo conocí  en un grupo religioso-universitario que tenía la parroquia San Martín de Porres, en Belgrano C. La parroquia era como una mansión con objetos de mucho dinero. “penas nos vimos fuimos así, muy amigas. Quizás sí, me di cuenta que era loca, pero para que se diera la amistad fue más fuerte el sentido del humor que otra cosa. Me pareció muy original. El grupo de la parroquia se basaba en charlas, retiros espirituales y algunas salidas. 

¿Eras muy religiosos?

No estaba tan metido como parecía. Nunca me la creí mucho, era más una cuestión social. Jugábamos mucho, como burlándonos de todo. No había sexo, o por lo menos sexo evidente en esa parroquia. 

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César estaba enamorado de un chico –lo estuvo durante 4 años- que no era un chongo como unx se podría imaginar, sino con rasgos de lo que hoy podríamos llamar “un chico queer”. César define a ese amor como platónico, porque nunca pasó nada. “Pero yo lo disfrutaba mucho”, dice y recuerda también a un cura jesuita que era impresionante, dejando salir de a poco su putez –y agrega- y daba unos sermones muy cultos, con información muy humanista. No hubo insinuaciones ni abusos sexuales en la parroquia, o por lo menos durante los 5 o 6 años en los que César y Modarelli participaron.

¿Cómo hacías para conocer hombres?

Más tarde fui a Contramano y ahí veía a Carlos como si estuviera en una película, porque él era el activista de la CHA. Porque antes toda la movida era sobre Av Santa Fe, desde Pueyrredón hasta pasando Callao una cuadra más de donde estaba Contramano; y veías que todas las locas yirban por ahí. Y nosotras, cuando salíamos de la sede, con Carlos también yirábamos por ahí. Había levante caminando, con el paqueteo, o haciendo que mirabas una vidriera, era todo muy amoroso…

La calle era una fiesta, un desfile de gente…

Había hoteles alojamiento por la zona, que sabías que podías ir, porque antes no aceptaban a parejas gay en todos los hoteles. Algunos organizaban fiestitas, de tres o cuatro. Obviamente, yo iba. Delfino, que era el dueño de Contramano, una vez se acercó y nos salvó cuando yo me estaba besando con una pareja, y el de seguridad me quería sacar diciendo: ‘No, esos espectáculos acá no’. Pero, ¡por favor!

Se cuentan que son legendarias las colectas que hacías con Carlos Jáuregui para pagar el alquiler de la CHA ¿Cómo eran?

Yo armaba unas cajas de zapatos, pero cada una era diferente. Ya estaba institucionalizado que Carlos y yo íbamos a Contramano y competíamos quién recaudaba más. Teníamos muchas estrategias posibles: Ni bien la gente bajaba las escaleras o antes de entrar, o una vez que cruzaba la puerta de protección, atacábamos.. Y nos divertíamos. Todo era un juego. Generalmente le ganaba yo, tenía menos escrúpulos que ella – dice y larga una cristalina carcajada de diamantes- Y como a él le gustaba tomar…A veces se quedaba demasiado entretenida con la bebida. Sacábamos para el alquiler y nos quedaba plata para los volantes que hacíamos en Prensa y Difusión, el departamento donde yo estaba. En esa época pedíamos un peso, y yo les decía: ‘Un peso para la defensa de tus derechos’.

Y siguieron recolectando en los años más duros del sida…

 Después hicimos un festival con uno de los dueños de Búnker, el otro se había muerto de SIDA. Y con Osvaldo –de Búnker- organizamos un festival para arreglar los baños del Hospital Muñiz. Un grupo de la CHA iba a ese hospital y decían que no se podía creer lo que era el baño. Yo ya sabía que era VIH pero no me daba para ir porque me siento muy vulnerable para ir, pero les pedía que sacaran fotos. Entonces vi las fotos del baño. Era invierno y todos tenían edemas pulmonares. Los baños no tenían agua caliente, no tenían vidrios, no tenían azulejos… El Pabellón N° 17 o 27, no me acuerdo bien, que era el de las personas con VIH, estaban tirados ahí. Juntamos un montón de plata porque colaboraron un montón de artistas. Con la plata de Búnker hicimos los baños de ese pabellón. Yo dije, vamos a poner una foto de cómo estaban antes y como quedaron ahora. Pusimos “Gracias, con tu ayuda fue posible”, dos paneles en el boliche. Si contribuís querés ver los resultados, y estaban todas emocionadas, con los resultados a la vista…

TRABAJO DURO Y MUCHAS RISAS

El año pasado, 2019, fue un año duro para César: murieron sus padres y se divorció de su segunda pareja, con la que había contraído matrimonio. Apareció la incertidumbre en su trabajo, y un creciente temor a ser desvinculado. “No encontraba ningún lugar de protección, salvo en mi análisis, con mi psicólogo. Todo lo otro estaba incandescente. El activismo con tantas peleas… Me tomé un tiempo sabático. Pero volví porque lo único que me hacía bien era la militancia. Tenía que seguir el legado de Carlos. Todos los días me acuerdo de él”.

Cesar trabajaba en AFIP desde hacía muchos años, en el sector administrativo del mismo edificio cuando estaba en la Super Intendencia de las AFJP como secretario del Gerente General. El recuerdo de César acerca de ese Jefe era de una persona muy abierta, que había viajado mucho por todo el mundo, que había tenido varias empresas y mucha experiencia de vida. Su primera acción pública, apenas lo conoció, fue ponerle la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, en el escritorio, cuando se estaba debatiendo el tema de la orientación sexual. “Lo segundo que hice fue sacar una fotocopia de la cara de Carlos y escribir con un marcador negro: ‘Él está conmigo’, y las repartí por todos los puestos de trabajo. Porque había que darle continuidad a esa lucha que habíamos comenzado hace años con Carlos, y con imágenes también. Era como decir: ‘Lo de Carlos continúa con nosotras. Acá no se cortó el hilo’.

¿Pero por qué hiciste esto? ¿Querías marcar la cancha desde el vamos?

Porque el diario La Nación había publicado una foto donde aparecía yo. Un chico que trabajaba en auditoría sacó una fotocopia de esa nota del diario y la puso en todos los escritorios. Yo entraba a trabajar al medio día. Cuando entré, una compañera me dice: ‘No sabes lo que pasó’ y me contó que el edificio de 4 pisos tenía la fotocopia de la nota del diario donde estaba la foto con mi cara en su escritorio. Yo entré directamente al despacho de mi jefe con la fotocopia y le dije: ‘Mire, le quiero hablar sobre esto…’. ‘Me parece muy bien. Estás defendiendo tus derechos’, me dijo mi flamante jefe”, dice César, y deja salir una carcajada que se transforma en una catarata. Una catarata de risitas gaseosas y eufóricas que no terminan de explotar, ni de apagarse.